De arriba abajo: Luis Alfaro y Fernando Alfaro.

Fernando Alfaro está de vuelta. Lo hace a lo grande, publicando un tratado de pop impecable llamado ‘Saint-Malo’ (I*M Records, 2015) y, paralelamente, reactivando a Chucho a través de diferentes conciertos ofrecidos durante el pasado mes de Abril y el estreno de una nueva canción de la banda, ‘Huracanes con nombre’. La ocasión merece algo especial y le pedimos a Luis Alfaro, realizador, entre otras obras, del documental ‘Auto’, en el que contó con el propio Fernando y otras personalidades del pop español, como Nacho Vegas, Jero Romero o Joaquín Pascual, para tratar con arte y artesanía el tema de la autoedición, que entreviste al ex componente de Surfin’ Bichos. Luis es, a su vez, fan confeso de la trayectoria de Fernando en sus diferentes manifestaciones y una voz realmente autorizada para intentar descubrirnos el presente y el futuro del músico de Alcadozo (Albacete). De mismo apellido, ambos manchegos y rebosando talento cada uno en lo suyo. Dejemos que hablen los artistas.

La última vez que te entrevisté fue para mi documental, ‘Auto‘, y hablamos mucho de cómo la autoedición parecía ser una alternativa atractiva para muchos artistas. Pero has vuelto a editar con un sello. ¿Qué ha pasado?

Hay muchas razones para apostar por la autoedición, la principal es tener el control y la propiedad sobre tu obra. En mi caso, he grabado 11 o 12 discos, y he trabajado con muchas compañías, y al final vas perdiendo la posesión sobre esos discos. Y llega un momento en el que eso ya no te importa. Pasan los años y los discos se van quedando ahí, latiendo callados, haciendo su trabajo de demolición, como decía la canción (‘Abre todas las ventanas’, incluida en el disco de Chucho ‘Los diarios de petroleo’). Llega un momento en que te tienes que desprender de todo eso, que en realidad ya pertenece a la gente. Lo importante es mantener el control sobre lo que haces y lo que grabas, y en este disco lo he tenido tanto como en el que más.

Lo importante es mantener el control sobre lo que haces y lo que grabas, y en este disco -‘Saint-Malo’-lo he tenido tanto como en el que más

Pero creaste Marxophone, parecía una buena solución, esa especie de cooperativa. 

En la práctica tampoco había tanta diferencia con el funcionamiento de un sello pequeño, en cuanto al apoyo que recibes para promoción y fabricación, que son asuntos a los que no me gusta dedicarme y que no son mi trabajo. Yo hago canciones.

¿Ha habido algo de desencanto con el proyecto?

No, no realmente. Para este disco simplemente no quería autoeditarme. Por otro lado, Marxophone fue cambiando, en realidad es una cosa diferente a lo que arrancamos Raül Fernández, Nacho Vegas y yo. El peso de Marxophone siempre lo ha llevado Nacho, y él sigue estando ahí.

¿Qué buscabas cuando buscabas sello?

Buscaba… amor.

Me pasó con ‘Tejido de felicidad’ (Chewaka, 1999), que fue recibido como un disco optimista en su época, pero en el que había en realidad una carga de amargura importante, quizás sarcasmo muchas veces. Ahora ‘Saint-Malo’ vuelve a etiquetarse como un disco luminoso, pero en el que aparece la muerte, el suicidio, la enfermedad… 

En el caso de ‘Tejido de felicidad’ era una pequeña trampa que puse al mundo, porque el propio título daba una pista falsa. Si buscabas en el disco de dónde salía ese tejido, veías que se trataba de un médico loco que se dedica a implantar ese tejido de felicidad en la persona amada para conseguir ser correspondido. Pero aún así podía entenderse que la gente lo recibiese como un disco más luminoso, sobre todo por contraste con ’78’ (Virgin, 1997), que recogía canciones mucho más oscuras y trágicas, y que compuse en medio de unas circunstancias personales complicadas. A este disco le pasa un poco igual, comparado con ‘La vida es extraña y rara’ (Marxophone, 2011), resulta una obra mucho más optimista. ‘La vida es extraña y rara’ fue un disco con pocos asideros, que recogía una etapa muy complicada y de cambios brutales. Así que entiendo perfectamente que se haya recibido como un disco más luminoso. Y en parte más lúcido también.

‘La vida es extraña y rara’ fue un disco con pocos asideros, que recogía una etapa muy complicada y de cambios brutales. Así que entiendo perfectamente que -‘Saint-Malo’- se haya recibido como un disco más luminoso

En tus letras cada vez hay más juegos de palabras, más sonoridad que metáforas. ¿Es una manera de aligerar las canciones, de hacerlas menos trágicas?

Exactamente. La solemnidad es  propia de la juventud. Con la edad aprendes un poco a rebajar esa gravedad, y vives de una forma más serena. Es una habilidad que te da la experiencia y el haber dado muchos tumbos. Cuanto más vives, más pasado acumulas, y eso de algún modo forma parte de ti. En estos tiempos hay mucha ansiedad por lo que está por venir y yo no es que hable de nostalgia, pero sí de aceptación de lo que has sido y de lo que has vivido. La edad te va quitando esa ansiedad, y vives de una manera más serena todos los tiempos, pasado, presente y futuro, que son tu vida.

Por ejemplo, la canción ‘Me hiere’ habla de una amistad, o un amor, no podría identificarlo bien, con un océano entre las dos partes. Y acaba con ese juego de los hombres del tiempo que sólo pintan sol, está esa guitarra que entra al final, y todo eso tiene un punto de redención final, que inunda todo este disco, y que probablemente no existía en mis canciones. En ‘Arrancando las vías’, es cierto que hablo de suicidio, pero de una manera muy diferente, digo que siempre me estoy suicidando, así que si te fijas no es un suicidio real, es algo figurado. De lo que hablo es de todo lo contrario. Es una canción que celebra la vida.

Sí que encuentro en el disco muchas canciones de alguien en tránsito, en búsqueda, casi un emigrante.

Sí, hay mucho de viaje, real y figurado. En los últimos tiempos he viajado mucho. Este trabajo te lleva todo el tiempo de un sitio a otro, y eso se ha convertido en un trasunto del viaje que es estar vivo. En el disco hay algo de viaje circular. ‘Tempus fugit’, por ejemplo, es un juego circular: “tenías toda la vida por delante y ahora la tienes toda por detrás”. Supongo que con la edad vas adquiriendo cierta distancia con las cosas que te pasan, incluso que diría que lo ves todo de una manera más lúdica. Como si te dieses cuenta de que hay un componente de juego en casi todo. Y de eso va este disco, de celebrar de alguna manera el paso del tiempo. No del paso del tiempo sin más, sino de estar viviendo, amando, tener amigos. Una especie de “joder, estamos viviendo, disfruta el viaje”.

En estos tiempos hay mucha ansiedad por lo que está por venir y yo no es que hable de nostalgia, pero sí de aceptación de lo que has sido, y de lo que has vivido

Es verdad que ha desaparecido ese poso trágico y un poco dramático de tus letras.

Sí, es como si aprendiese a quitarle importancia a las cosas. Se parece un poco a la relación que siempre tuve con los directos, que se convirtieron en la parte que más odiaba de esta profesión. Me gustaba viajar, estar con la gente del grupo, la furgoneta… pero se me hacía muy cuesta arriba el momento de subirme al escenario. Eso he tenido que aprender a disfrutarlo, a no verlo de una forma tan grave y a tomar distancia. A disfrutar del viaje, como decíamos antes. Me costó perder ese punto de ansiedad o solemnidad y tomar los directos como el juego que son. Creo que hubo un punto de inflexión cuando tuve a mis hijas. Entonces perdí un poco esa sensación de gravedad, en los directos pero también en general. No de un día para otro, pero llega un momento que te das cuenta de que nada es en realidad tan importante. Quiero decir, tan, tan importante. He aprendido a tomarme la vida con más… ¿filosofía? Y eso está en estas canciones, claro que sí. Aprovechar los días, querer a la gente, pasarlo bien, viajar. Acumular vida, más que acumular cosas.

Uno de tus pozos tradicionales de metáforas, la religión, parece haber desaparecido ¿Eres menos trascendente?

He depurado y destilado tanto ese envoltorio que ya no lo necesito. No es que no me interese, pero ahora aparece de una forma más simbólica y tangencial. Tampoco hay un plan cuando te sientas a escribir. Ni siquiera soy consciente de si eso está o no presente en las letras del disco.

Este disco va de celebrar de alguna manera el paso del tiempo. No del paso del tiempo sin más, sino de estar viviendo, amando, tener amigos

Tengo una pregunta guardada desde la primera escucha del disco ¿Cucurbitácea?

Sí, sí, cucurbitácea. Eso ya está explicado en la canción, sale de “mi fábrica de ideas inútiles…”. Entre la vigilia y el sueño se nos ocurren ideas que parecen absurdas en el mundo real, pero que tienen todo el sentido del mundo dentro del sueño. A mí me pasó algo parecido haciendo la canción. Mientras la escribía me vino a la cabeza esa palabra, y la sensación de que era necesario incluirla, y que debía de hecho no sólo decirla, sino repetirla varias veces.

¿Son nuevas todas estas canciones o has tirado de tus famosas libretas en algún caso?

Son prácticamente todas de estos cuatro últimos años. ‘Bonita fiesta, ¿verdad?’ viene del espectáculo sobre Kubrik que hicimos para Abycine. De ahí salieron también ‘Extintor de infiernos’ y ‘Caminante kamikaze’ del disco anterior.

Después de la producción tan preciosista de Raül Fernández en ese anterior trabajo, ¿has querido volver a un sonido más de banda?

En cierta manera. Cuando iba recolectando las canciones para este álbum, me di cuenta de que estaba buscando instintivamente la sencillez, evitar las estructuras largas y sofisticadas del disco anterior. Y eso respondía también a mi momento vital, de ir hacia lo sencillo. Eso lo hablé mucho con Darío, el productor de ‘Saint-Malo’, en los 9 o 10 meses que duró el proceso. Tuvimos oportunidad de meter arreglos de vientos o metales en algunos temas, porque eran canciones que se prestaban mucho a esto, pero hubo una decisión consciente de que el disco sonara a banda. Pasó algo parecido con ‘Fotógrafo del cielo’, cuando después de grabar ‘La luz de tus entrañas’, un disco que sigo defendiendo incluso con aquella producción un poco desmesurada. Entonces Surfin’ Bichos ya habíamos rodado bastante en directo y nos sentíamos capaces de hacer un disco sonora al grupo, a como sonaba la banda en directo. Y eso es un placer, hacer un directo y que suene el disco.

Cuando iba recolectando las canciones para este álbum, me di cuenta de que estaba buscando instintivamente la sencillez, evitar las estructuras largas y sofisticadas del disco anterior. Y eso respondía también a mi momento vital, de ir hacia lo sencillo

¿Los directos va a incluir temas de todo tu repertorio?

Sí, va a haber canciones de todas mi etapas. He estado haciendo una gira en acústico en solitario y he disfrutado mucho esa libertad de ir sólo con la guitarra, por los trenes, viajando, y llegar y tocar las canciones que te apetecen, sin tener que consensuar ni ensayar un repertorio. Aquello me hizo ver que todas esas canciones, algunas de hace 25 años, todavía hacían disfrutar a la gente, pero también a mí.

¿Cómo es rescatar esas canciones emocionalmente? Quiero decir, cuando estás en el escenario, y las estás cantando, te llevan a ese momento de tu vida, o hay una especie de oficio en la interpretación que te mantiene al margen?

Al final, si los discos están bien hechos, son reflejos de tu propia historia, son espejos en los que vas quedando retratado. Cuando tocas una canción antigua la estás trayendo de nuevo a la vida, pero a la vez la estás renovando y actualizando su sentido. La sensación es que por muy fiel al original que quiera ser las canciones adquieren una nueva vida.

¿Cómo se puede tener un banda en Barcelona, hacer una gira en solitario, colaborar con Joe Crepúsculo, mantener vivo Chucho…?

La verdad es que en los últimos cuatro años no he parado. Antes sí que tenía esa vida de disco, promo, gira… Unos ciclos que me repateaban bastante. Ahora es todo mucho más loco. Revivir Chucho no estaba en mis planes, me lo propusieron y lo vi como una celebración nuestra, como grupo y como amigos, así que lo he encajado entre mis discos y proyectos. La idea es grabar disco cuando sienta que éste ha tenido su recorrido. El disco de Chucho está escrito y hay planes para grabar.

Cuando tocas una canción antigua la estás trayendo de nuevo a la vida, pero a la vez la estás renovando y actualizando su sentido

¿Qué te llama la atención de lo que están haciendo el resto de Surfin Bichos y allegados?

Me gusta muchísimo lo que ha estado haciendo Joaquín Pascual estos años. El último disco de Burrito Panza me gusta muchísimo, me ha sorprendido también lo de Cuerda. Digo sorprende y no es así, porque los conozco a todos y sé de su talento.

¿Echas de menos la gasolinera?

Pues te vas a sorprender, pero a veces sí, aunque he conseguido desengancharme emocionalmente. Durante una época tenía una vida muy caótica, y ése era mi refugio. Ahora tengo un espacio propio más estable y ya no necesito un lugar físico donde encontrarme.

Pero aún así sé que sigues yendo a Alcadozo (Albacete), todos volvemos antes o después.

Mira, yo me siento integrado en Barcelona, podría hasta decir que me siento catalán, vivo aquí, pago impuestos aquí, grabo discos aquí… Y también es verdad que me siento albaceteño. Pero si soy de algún sitio, soy de Alcadozo, es mi sitio, el lugar de mis entrañas. Es algo que supongo que entenderás porque somos paisanos. Llegas allí y ves aquellos montes, aquel horizonte que me ha acompañado desde niño y de repente tengo esa sensación, como de pertenencia. Todo el mundo pertenece a un sitio. Y vayas donde vayas ese lugar te acompaña.

 

 

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